Buscaba algún deseo que siguiera durmiendo en los recovecos de mis entrañas y ahí seguía, sosegado en mis brazos, por esa esencia maternal a la que hace casi veinte años decidí renunciar por un miedo ilógico a hacerlo nacer en mi mundo, el cual en ése entonces se destruía junto a la escenografía de mi historia que ya era demasiado tensa. Le quise ahorrar los sufrimientos, la precariedad. En el fondo quizás era a mí a quien protegía con esa decisión. Me estaba salvando de un inconsciente “fracaso como madre”. Pero sinceramente me angustiaba que su vida también la sintiera triste como yo la sentía en la veintena de mi juventud y que tenerlo me acarreará más dificultades.
Estaba azotada mentalmente por catástrofes familiares que me apropiaba equivocadamente, cuando yo como cualquier mujer y como cualquier hombre nomás debía dedicarme a ser feliz, a vivir con la mayor plenitud e independencia, la tajada de vida que me tocaba.
Actualmente la edad que me va acercando a los 40 y el miedo a estar en una mesa quirúrgica son los motivos que me hacen renunciar por segunda vez; sé que desatar esas trabas dejarían concretar el deseo de ser madre. Pero también hoy más que nunca deseo dar vida con mi obra; señalando a mi hija (o) un camino de buenas y mejores andanzas, donde ella o él sea un bien mayor para la humanidad. Que su paso por la vida sea diferenciado por el amor y el respeto. Que sea su huella.
Ya le veo entre mis brazos y me veo entonando una canción, para dulcificar su sueño y su alegría. No habrá nacido de mí, pero me sobrará el amor para criarlo.