Crecí en un pueblo rural al sur de la ciudad de México. Era un terreno donde sólo crecía mala hierba (sic). Mi madre se empeñaba en tener flores, nopales, un limonero, un laurel y hasta jitomates sembró, pero todo, irremediablemente moría.
A veces no era por el sol, la tierra o la falta de agua. A veces eran nuestros perros quienes sacaban toda planta de la tierra. Eso sí, la mala hierba debíamos podarla al menos cada mes para evitar que se hiciera incontrolable y mis perros nunca la atacaron.
Un día, casi por casualidad, llevamos un arbolito que más bien era una rama sin hojas ni flores que decían, era un ciruelo. Lo plantamos casi en la entrada de la casa. Para sorpresa de todos, sobrevivió.
Creció y nos dio muchas ciruelas. Tantas que llenábamos frascos y frascos de mermelada de ciruela. Mis perros comían muchas y nosotros también. Amé mucho ese árbol. Me dolió dejarlo cuando dejé la casa de mis padres.
No volví a tener un árbol en más de veinte años. Hace tres años encontré en el mercado de flores una bolsa negra con una vara sin hojas que decían, era un Tamarindo. Por nostalgia lo traje a casa. Igual que a su predecesor, mis perros han intentado sacarlo más de seis veces, pero se resiste, afortunadamente.
Me ha acompañado en su maceta ya en dos mudanzas. Quisiera sembrarlo en tierra para que crezca mucho, sin limitaciones, libre. Pero como no tengo jardín pues de momento no puedo.
Cuando compartí este escrito en nuestra reunión del lunes, de forma muy generosa Brenda me ofreció sembrarlo en su terreno y cuidar de él. Se lo agradezco en el alma. Lo haré pronto.