A los que se han dormido les brindó respeto y recuerdo, porque mientras los mencionemos en la vida , nunca habrán muerto.
Por alguna razón mientras sueño vienen a despedirse de mi cuando mueren. A veces con frases evocadas desde el silencio, una sonrisa honesta o su mirada apacible.
Mi perrito Capulin fue el primero en decir adiós, corriendo felizmente entre los truenos y la lluvia de aquella noche. Al día siguiente encontré la ausencia triste de su negrura.
La última fue hasta ahora mi abuela materna que después de varios años me permitió despedirme como no pude hacerlo en su funeral. Recuerdo regalarle mi adiós al viento esperando que llegará hasta su seno.
El fogón estaba encendido denotando la vida tan hermosa que ya no había en ella pero que hacía realidad con simpleza esa alegría contenida de mí nostalgia secreta. La encontré de espaldas con esa ternura y amorosidad tan característica que sigue alimentando mis memorias infantiles.
—Abuela vine a despedirme— Le dije, mientras buscaba mirar su rostro. No es ella, pero mi intuición respondió que si. Me abrazó e hizo el instante más vivido cuando escuché su voz:
—Ahí te encargo a mi bebé, como siempre— añadió al final y desperté.
Desde mi perspectiva el paraíso y el infierno son una dualidad de la vida que a menudo se entrelaza en el alma. El purgatorio solo te suspende en el tiempo, te calma y te alienta para volver empezar.
En el forzado adoctrinamiento de la religión católica el paraíso es la recompensa a la colección de bondades en tu existencia , el infierno un castigo por el olvido de los preceptos de Dios y el purgatorio una estadía tardía para ir al cielo.