Sufrir cualquier forma de abuso sexual deja secuelas profundas y duraderas. Algunas son más evidentes que otras, o mejor dicho, más reconocidas por las personas. Sin embargo, todo depende de la experiencia única de cada individuo. Cada uno vive, sufre, entiende, procesa y sobrevive al abuso de manera distinta. ¿Por qué ocurre esto? La verdad es que no lo sé con certeza, pero puedo inferir que está relacionado con la educación que recibimos, tanto de forma explícita como implícita en nuestro entorno familiar.
En mi caso, hay secuelas que al principio parecían insignificantes, pero con el tiempo han crecido de forma exponencial, impactando significativamente mi vida. Una de ellas es el trastorno de estrés postraumático.
Es sorprendente cómo una palabra, un sonido, una acción o un olor pueden convertirse en desencadenantes para que la mente y el cuerpo reaccionen de forma involuntaria, como los perros de Pavlov. De repente, te encuentras reaccionando sin siquiera ser consciente de ello. Con el tiempo, el aumento de cortisol en el cuerpo puede tener efectos devastadores tanto en la mente como en el cuerpo.
Hoy en día, después de muchos años viviendo con estrés postraumático, no puedo dormir más de cuatro horas seguidas. He experimentado dos episodios cardíacos graves y, un día, de forma aparentemente inexplicable, los músculos de una de mis piernas se tensaron tanto que no podía moverla, quedando rígida como si fuera de madera. Este incidente provocó daños en la mielina de mi extremidad, lo que resultó en la pérdida de la capacidad para caminar durante casi un año, ya que mi cerebro no podía establecer conexión con los nervios de mi pierna.
Anteriormente, creía que todas estas consecuencias eran simplemente producto del azar o mala suerte. Sin embargo, fue solo al enfrentar el problema en terapia psicológica que comprendí que todo se originó en los eventos de abuso sexual.
Si has vivido algún tipo de abuso sexual, te recomiendo encarecidamente que busques ayuda terapéutica. Es un proceso difícil de abordar. Enfrentar esos demonios internos y revivir recuerdos que te roban el aliento puede resultar abrumador. Pero es preferible enfrentarlo que permitir que crezca y se enraíce en tu mente y cuerpo como una semilla envenenada.
Hoy, finalmente, he podido cercar esa semilla. He aceptado los hechos, los he procesado y he aprendido a vivir con ellos. Actualmente me encuentro en una etapa de desintoxicación del cortisol como superviviente de abuso con trastorno de estrés postraumático, y me siento mucho mejor que cuando tenía 30 años y pensaba que tenía todo lo que necesitaba en la vida.