“Perdonar no es tan fácil como parece, hay cosas que no sabías que siguen doliendo”, dijo mi hermana de tinta en nuestra reciente reunión semanal. Sus palabras resonaron en mi interior porque yo lo había descubierto en el lugar más inesperado: cuidando a quien nunca me cuidó.
¿Alguna vez te has preguntado si el perdón es más un regalo para uno mismo que para el otro?
Mi única abuela viva llegó a mi casa como llega el invierno: fría, inevitable, cubriendo todo con su presencia.
Sus ojos, aunque ciegos, aún conservan ese poder de atravesarte con una mirada juzgadora, afilada como cuchillo. Su voz fuerte y seca, esa voz “mandona”, irrumpió en mi casa intentando ordenarme como siempre lo hizo con todos los que la conocimos. El destino, con su peculiar sentido del humor, había decidido que yo, la nieta invisible, me convirtiera en sus ojos, sus manos, su voz.
Los primeros meses fueron como caminar sobre nieve profunda. Cada paso pesaba más que el anterior, y era inevitable esa sensación de hundirte mientras más te acercabas a ella. Sus actitudes seguían doliendo tanto como antes, pero ahora era yo quien tenía el poder de verlos, de escucharlos… o no.
¿Qué hace uno cuando tiene en sus manos el cuidado de quien solo supo descuidar?
La respuesta fue llegando como llega la primavera después del invierno más crudo: gradualmente, casi imperceptible al principio. Con cada gesto de cuidado que ofrecía, con cada momento de paciencia que elegía tener, algo dentro de mí cambia un poco cada vez. No era ella quien cambiaba – seguía siendo la misma mujer narcisista – era yo quien comenzaba a ver con otros ojos. La nieve se derrite y revela un suelo fértil que no sabías que existía pero siempre estuvo ahí.
El rencor es como cargar una piedra de hielo en el pecho; te entumece el corazón para “protegerte”, sí, pero también te congela para lo bueno. Decidí, con ayuda profesional y el respaldo invaluable de mi red de apoyo, dejar que esa piedra se derritiera. No por ella, sino por mí. ¿Cuántas veces nos quedamos atrapados en el papel de víctimas cuando tenemos el poder de ser protagonistas de nuestra propia sanación?
Cinco años han pasado. La miro ahora, con su esqueleto multifracturado por la osteoporosis tan avanzada que padece, vulnerable en su vejez, y ya no siento el peso de aquella niña herida en mi pecho. En su lugar, hay una mujer que aprendió que la fortaleza no está en no sentir, sino en sentir y elegir cómo actuar.
La compasión, descubrí, es un músculo que se ejercita con la práctica diaria.
¿Significa esto que todo está perdonado y olvidado? Jamás. El pasado es real como la tierra bajo nuestros pies. Ella hizo lo que hizo y nada lo cambiará. Las cicatrices siguen aquí, pero ya son solo huellas de un eco del pasado que hoy ya no resuena. Son mapas que me recuerdan el camino recorrido, testigos silenciosos de una batalla que no elegí pelear pero que decidí ganar a mi manera: convirtiendo el veneno en medicina, el hielo en agua.
Hoy, mientras le sirvo un vaso de leche – ese mismo vaso que tantas veces me negó – me pregunto: ¿cuántas veces estamos perdiendo la oportunidad de crecer porque el dolor del pasado nos ciega ante las lecciones del presente? Cada vaso servido es un recordatorio de que elegí ser diferente, esto si es romper el ciclo.
Esta no es una historia de reconciliación perfecta ni de crecimiento “mágico” con constelaciones familiares, descodificación, terapias holísticas o retiros de un fin de semana. No. Este es un testimonio de que la terapia cognitivo conductual sostenida por tres años, junto con el esfuerzo consciente y diario para sobreponerte al dolor del pasado, es posible. Es la prueba de que las circunstancias más desafiantes son precisamente las que nos tallan en una versión más fuerte de nosotros mismos, mejor incluso de la que nos fue heredada.
¿Y no es esa transformación, después de todo, el verdadero triunfo?