Amalia fue una mujer crucial para aprender esa lección a mis veinte años. En su restaurante de comida japonesa, obtuve mi primer trabajo. Solo tenía que atender a los comensales y lavar trastes. Sonaba fácil. En esos años iba siempre con mi rostro congelado, para mi lo importante era ejecutar la encomienda y nada más. Pronto este pensamiento y actuar me creó problemas. Amalia me lo juzgaba sin tacto, para ella la amabilidad se basaba en sonreír y en la calidez con la que me dirigía a los clientes. A mi me resultaba muy hiriente su forma de decirlo ¿Por qué era malo ser seria y no sonreir? consideraba que hacía bien mi trabajo. Comencé a fingir sonrisas y a mostrarme dizque extrovertida, para mi era desgastante ese juego. Y Amalia tampoco estaba conforme, un día hasta me dijo que la verdad no quería contratarme, con eso terminó mi destrucción moral, con lágrimas le dije que entonces iba a presentar mi renuncia y ella remató con que nadie, ni yo era indispensable. Me parece que nunca analice su mensaje, solo entendí “que la gente no iba a quererme por ser introvertida y por no saber sonreir”, mi sensibilidad no me dejó ver más allá de lo que me estaba enseñando, me planté de víctima y guarde rencor. Pronto, en mi segundo trabajo, conocí a Raquel, la encargada del piso de ventas, irónicamente en otro restaurante. Ahí también la filosofía del servicio al cliente era la siguiente:
Trato amable y digno, calidez humana, siempre con una sonrisa… Lo diferente aquí fue como te lo sugerían, era un entrenamiento constante, iba todos los días al lobby a recibir indicaciones, sobre la venta sugerida de platillos, bebidas y postres para tener un buen record de ventas, y el recordatorio amable de la letanía sobre cómo actuar con los clientes y cómo tratarlos. Inconscientemente fui comprendiendo lo que me repetía Raquel. Cuando ella se fue el mensaje me fue mas claro, me mandó la última indicación a mi celular como despedida:
-Cuida siempre tu sonrisa, pero no por obligación en el trabajo, buscala para ti
Yo añadiría “…buscala para tu vida, disfrutala”
Hoy le agradezco a Amalia porque con todo lo que me dijo me impulsó para darme cuenta un poquito tarde, o quizás a mi tiempo, que lo que me exigía para su negocio en realidad era un retrato de cómo yo debía actuar para mi y de cómo tratarme. Yo siempre fui lo importante, yo tenía que tratarme bonito, ser amable conmigo y sonreir desde el alma. A Raquel también le agradezco eternamente ese minuto que se tomó para escribir el mensaje de texto con el que se fue de mi vida. Su voz tuvo más resuene en mi entendimiento pero sin las frases de Amalia nada de eso tendría el valor que quedó sembrado en mi memoria.