Entre mis recuerdos más antiguos, resulta que uno de los más vívidos es un sueño. Crecí durante mi infancia con ese recuerdo como referencia de cuando la perra de la casa tuvo cachorros. Fueron diez. En ese entonces yo tenía mi cama junto a la de mis papás y me gustaba ir al jardín trasero porque había una cabra, construcciones viejas y varios árboles frondosos que le daban un encanto exuberante y misterioso a ese patio al que no me permitían ir sola porque era pequeña y había diversos peligros. Eso implicaba que no podía levantarme al despertar y salir corriendo al jardín, tenía que esperar a que los demás también despertaran. Me volví floja, volvía a dormirme para no desesperar y desde entonces el soñar se convirtió en mi actividad favorita.
Recuerdo salir del cuarto, doblar a la derecha y recorrer el pasillo, que me parecía muy largo y alto, hasta llegar a la puerta que daba al patio. De ahí, había que doblar a la izquierda y caminar con cuidado, pegada a la pared porque estaban
construyendo el aljibe y por varios años hubo un gran hoyo en el centro del patio. Después de pasar junto al comedor se cruza un umbral que da al jardín, entonces en su mayoría de tierra y hierbas en vez de pasto. Recuerdo ir hasta donde estaba
la perra con sus cachorros, posiblemente debajo de un implemento agrícola y algunas plantas, un poco más adelante, hacia la derecha… si acercaba mi mano a los cachorros, ella se me quedaba mirando fijo, con esos ojazos cafés y mi mamá me decía que no debía acariciarlos porque a la perra no le gusta y podría morderme o desconocer al cachorro después. Tal vez eso en realidad sí pasó. Insistía mucho en que me llevaran a ver los cachorros, lo raro es que todas las historias de los demás narran que la perra no estaba a la intemperie sino en un cuarto techado.
Recuerdo que regresaba caminando desde el jardín yo primero y mi hermana mayor detrás. Parecía que la casa era pequeña o, más bien, sólo el comedor, que era un añadido a la casona centenaria de techos muy altos. Ahora el comedor quedaba a nuestra derecha y al pasar junto podíamos ver por encima del techo. Con precaución, caminamos cuidando alejarnos del hoyo a la vez que echaba miradas por sobre el techo, llegamos a la puerta e ingresamos al pasillo.
Cuando ya iba en la secundaria o prepa, no recuerdo bien, le pedí a mi hermana que me dijera cuándo fue que sucedió todo lo del relato, la referencia era cuando el techo del comedor era bajo o no lo habían terminado y se podía ver por encima, a lo que mi hermana me dijo que era imposible que aquello fuera un recuerdo, pues nunca una niña de menos de 3 años podría ser más alta que un techo y éste
lo habían terminado antes de que ella naciera. Reímos mucho. Pero no me deshice de mi recuerdo soñado, de cualquier manera guarda las experiencias de mi primera infancia, cómo percibía el entorno, a mí misma y los acontecimientos
que me importaban a esa edad. Y aunque siempre con el tiempo los recuerdos se van emborronando, en este caso vuelve a tener la consistencia como de un sueño. A pesar de ser vívido, es esponjoso, como algodón de azúcar, agradable y dulce, me hace sonreír.