La pandemia del COVID-19 explotó en marzo del 2020. Sentí que esa situación ya la había vivido de forma antagónica, imperceptible y hasta cierto punto, como una enfermedad ficticia que el gobierno usaba para manipular la mente de la población;dado que al menos en mi familia y en mi entorno social y laboral así figuró: como una enfermedad inexistente. Recuerdo un día de camino al trabajo, en mi andar despreocupado, a una chica que pasó a mi lado caminando de manera acelerada y se puso el cubrebocas, como si el estar cerca de mí, fuera a infectarla de INFLUENZA H1N1, lo cual me hizo gracia. En el restaurante, en el que ese entonces laboraba, nos habíamos ocupado simplemente de usar cubrebocas, para darles seguridad a los clientes, pero las personas no dejaron de asistir. Sí, había cierta incertidumbre sobre el contagio de la enfermedad pero lo más alarmante que escuche sobre las medidas de sanidad fue de boca de mi compañera Eliza que hizo el comentario de que “en el IMSS ya se están acabando los cubrebocas que regalan a los derechohabientes para evitar el contagio de la INFLUENZA H1N1”.
Cuando la ciudadanía fue orillada al confinamiento para evitar la propagación del COVID-19, tuve miedo de que mi familia se contagiara. Miedo de contagiarlos, puesto que en ese tiempo milagrosamente mi trabajo era uno de los permitidos por el gobierno: “servicio a domicilio”. En mi trabajo sólo nos habíamos guardado una semana. Mis clientes prioritarios fueron trabajadores del IMSS. Todos los meses que los atendí me sentía en seria desventaja pero trabajaba porque al igual que mucha gente en México, no estaba respaldada con ningún ahorro para sustentar todos los gastos y pagos que seguían corriendo a pesar del estado de alerta nacional en que nos encontrábamos. Aún así, fui bendecida, pues el inminente contagio de COVID-19 me alcanzó en la etapa en el que el virus había sido controlado y la población de Morelos ya estaba vacunada casi al 100% con la tercera dosis. Perdí el gusto y el olfato por casi una semana y tuve un ligero dolor corpóreo. Cuernavaca parecía una ciudad abandonada. Leía mensajes en YouTube de personas que habían perdido familiares, supe de su desesperación por no tener noticias de sus enfermos. Vi personas desesperadas por conseguir un tanque de oxígeno. Vi como las personas que se dedican al tráfico de sustancias ilícitas entregaban despensas básicas a algunos vecinos. Vi como las ambulancias se llevaban a los enfermos que ya presentaban dificultades respiratorias, metidos en una cápsula, llevados por ángeles vestidos con trajes espaciales. Escuchaba conversaciones como “el IMSS ya está colapsando de tanto infectado, ya no hay camas” y todo aquello me provocaba miedo, incertidumbre, tristeza. Me pareció imprudente por parte de algunas personas que decidieron viajar a Morelos justo cuando la pandemia estaba en su peor momento, me parecía que esas personas eran sacos de COVID-19 y que sólo habían venido a exparcir más enfermedad, como si su sólo aliento contaminara el aire.
No fue un mal sueño, es una pesadilla que parece dormir y se precisa en ponernos en alerta, pues el virus sigue mutando y con ella mi miedo.