El centro comercial bullía de actividad mientras Natalia se paseaba entre la multitud con sus brazos cargados de bolsas de regalos. A sus 32 años, era una mujer independiente, era ejecutiva y quería que esta navidad fuera inolvidable. Ella había perfeccionado el arte de las compras navideñas: un suéter azul para mamá, un reloj para papá, los videojuegos para sus sobrinas, y aquel libro especial para su hermana Ana. La satisfacción de haber encontrado el regalo perfecto para cada uno de sus seres queridos le dibujaba una sonrisa en el rostro.
“Este año la cena será especial”, pensó mientras conducía de regreso a casa. Una ligera lluvia comenzaba a caer suavemente sobre el parabrisas, transformando la ciudad en un paisaje de cuento de hadas. La radio tocaba “All I Want for Christmas Is You”, y Natalia tarareaba alegremente, imaginando las caras de sorpresa al abrir los regalos.
Fue solo un instante. Un destello de luces, el chirrido de los frenos, el mundo girando en espiral. Después, la oscuridad.
Cuando Natalia abrió los ojos, se encontró en una habitación de hospital. Las paredes blancas estaban decoradas con guirnaldas navideñas, y el aroma a pino artificial se mezclaba con el antiséptico característico del hospital.
“¡Natalia, mi amor!” La voz de su madre sonaba clara como el cristal. “Nos diste un susto terrible.”
“Que pena mamá, no quería arruinar la navidad” fue lo primero que atino a decir. Natalia estaba gratamente sorprendida. Las peleas familiares y los problemas no resueltos que todos sabían que estaban ahí, parecían no importar.
Los días siguientes transcurrieron en un desfile constante de visitas. Su padre le leía las noticias cada mañana, Ana le cepillaba el cabello mientras le contaba los chismes familiares, y sus sobrinas llenaban la habitación de risas y dibujos. Las enfermeras entraban y salían, siempre con una sonrisa amable, cambiando los arreglos florales que no dejaban de llegar.
Pero la realidad era muy diferente.
En la verdadera habitación 304 del Hospital General, Natalia yacía inmóvil, conectada a máquinas que monitoreaban sus signos vitales con un pitido monótono.
“Pobre chica” dijo una enfermera a la otra. “Su familia preguntó al Doctor si podría venir hasta el 26, ya sabes, era la cena de navidad y ya tenían todo listo con casa llena y bueno, ella ni lo va a notar”.
Era Nochebuena, y mientras su familia celebraba y los regalos que había comprado con tanto amor permanecían en el maletero de su auto destrozado, esperando ser entregados.
En su mundo interior, Natalia vivía una Navidad perfecta, rodeada del amor y la calidez de su familia. En la realidad, solo el ocasional paso de una enfermera de guardia rompía el silencio de su habitación, donde las luces tenues de los monitores parpadeaban como estrellas solitarias en la noche más larga del año.