Hace algunas semanas se nos rompió el corazón. Fue mi madre quien recibió la noticia; fuerte y valiente, como ella ha sabido ser.
Su salud hepática está en esos momentos críticos de los que yo ya sabía. Esos datos que hace bastante indagué anticipándome para entender el peor escenario de su enfermedad. Hoy no es nada nuevo, el mal se sigue desenvolviendo fibroso con la amenaza de un desbordamiento volcánico. Ambas lo tomamos con tristeza. Esa tristeza que ahonda en el miedo a la muerte y nos hace caer en un agujero de incertidumbre.
Esa tarde como pude la consolé y dibujé para ella un presente de fe que nos condujera más unidas por las calles de la esperanza. Pensé en qué diminuto parece el tiempo cuando el evidente final te va rodeando, así como el pulgar y el índice que rodean la flama de la existencia de mi madre.
Sé que ésa noche ella se quebró en aguas salinas de un mar bastante amargo, lo sé, porque me sumergí en la desolación de mis demonios más temidos. ¿Así es la noche oscura del alma? Perder las fuerzas, acostada en modo fetal, como buscando el consuelo de mi madre, su protección, su cariño; cuando es ella la más necesitada de apoyo moral, de harto amor pa’ seguir sosteniendo las estrellitas de motivación que la ayuden a sentirse viva, nutrida de alegría, con la voluntad bien despierta, con el corazón ardiendo de días buenos, de tardes eternas y lunas en calma.
El amanecer para mi fue más compasivo, pero dolía de una manera latente que cansaba el poco aliento que se escapaba de mi. Aunque no viva con ella, sé que mi madre se levantó ésa mañana dando gracias a Dios por estar y se dispuso como siempre a limpiar la casa, a entretener su pensamiento lavando la ropa , los trastes y todo lo demás, ignorando lo que sentía. Y así se pasaron un poco los tragos de lágrimas y miedo. Y aunque nos mire con congelado espanto el mañana, sé que nos sobra esperanza y que es una oportunidad muy bendecida para que mi madre siga siendo ese milagro que los médicos no pueden explicar, esa mujer de tierras calentanas que se sostiene de fe. Mi referente de fortaleza espiritual. Ésa esperanza que la hace caminar siempre adelante.